Siempre con el objetivo final, que nos hagan caso

La experiencia nos demuestra que no se triunfa simplemente porque hagamos las cosas bien, por tener más datos o por ser más inteligente. Necesitamos algo más para destacar y conseguir que nos escuchen y atiendan nuestros planteamientos.
Y eso lo consiguen normalmente los que con una buena capacidad intelectual y experiencia, estando suficientemente informados, son capaces de lograr la empatía con los otros seres humanos con los que se relacionan, tienen la habilidad de identificarse con ellos y compartir sus sentimientos en cada circunstancia.

Pero casi siempre surgen esos dos grandes defectos humanos la inseguridad y la ley del mínimo esfuerzo y se interponen en nuestro objetivo. Es mucho más fácil y bastante más cómodo ocuparse de lo propio, ya que además de que puede controlarse con más destreza nos da una mayor satisfacción inmediata que de lo de los otros, que no está bajo nuestro control. Y caemos en el error más común olvidando que desde que el mundo es mundo, los que ofrecen algo que los demás no tienen y pueden desear o necesitar son los que controlan todo.

En 1967 el profesor Philip Kother en su libro Marketing Management bautizó el Marketing y con él dió comienzo de lo que fue la orientación hacia el cliente, pero desde entonces hemos avanzado mucho en el comportamiento tanto empresarial como personal y como consecuencia intentar diferenciarnos por las especificaciones técnicas o por nuestros conocimientos ha pasado ya de ser un ejercicio útil. Ya no es cierto lo de que todo lo que es bueno se vende, hay que adaptarse a las circunstancias del otro y, aceptando la situación tal cual es, aportarle ese punto de empatía que evitará ser uno más indiferenciado para conseguir alcanzar la atención suficiente y ser reconocidos.

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