La correlación ilusoria


En la vida, cuando vemos que algo se repite, nuestro cerebro lo analiza en profundidad y con el tiempo la recompensa al esfuerzo suele ser un patrón aprendido que incorporamos a nuestra memoria.

En los análisis de los sucesos acontecidos nos pasamos una buena parte de nuestra existencia, intentando comprender las causas de los hechos y sus efectos directos y no tanto; pero a veces nuestro cerebro nos hace malas pasadas en un intento de forzar una causalidad a lo que consideramos extraño e inexplicable.

Por ejemplo, generalmente cuando realizamos actos que nos sorprenden por su éxitoen los que de forma casi casual interviene alguna circunstancia, aunque sea insignificante, sin encontrar una causa que lo explique de forma razonable y coherente, tendemos a considerar esta como el estímulo sine qua non necesario para futuras situaciones similares, de tal forma que un gesto simple puede convertirse en un rictus que ejecutamos de forma previa, al que atribuimos un valor determinante del factor suerte, haciéndonos presuponer que nos la dará siempre en el futuro.
Todos hemos observado a los futbolistas cuando de forma insistente realizan los mismos actos antes de un partido. Algunos se persignan 5 veces al salir al campo, otros saltan cuanto más alto mejor, alguno se cuida de no pisar la raya de cal, otro se recoloca el pantalón y de alguna de las infinitas formas posibles muchos reiteran su hábito como si algo totalmente trascendente, que solo los afectados conocen, les fuera en ello.

Esas “manías” se deben al efecto denominado “correlación ilusoria” que puede incluso derivar en creencias muy extrañas, como aquellos sacrificios humanos, que debían realizar diariamente los aztecas, para así garantizar que amaneciera. Sea como sea, un gesto sin importancia o costumbres muchos más “salvajes”, en todos los casos, convencen a sus autores de que funcionan y, por si acaso, nadie deja de practicarlos para averiguar, si por su imprudencia, el sol ya no sale esa mañana.

Si un pantalón verde del portero del equipo de fútbol en un entrenamiento coincidió con su mejor actuación, no será muy raro que a partir de ese momento entrene siempre con ese pantalón, al menos mientras que su olfato o el de los demás se lo permitan.

Existen dos regiones en el cerebro que se activan cuando intentamos correlacionar una causa y su efecto. Por un lado la corteza cingulada anterior izquierda de nuestro cerebro reacciona, en estos casos, con sorpresa ante la causa efecto del extraño éxito conseguido ese día; y a su llamada, la corteza dorsolateral prefrontal intenta descubrir que pasó en nuestro comportamiento anterior para alcanzar tanto laurel.

Del conflicto que se produce por no poder explicar racionalmente una causa, es de donde surge en estos casos la manía, que aporta esa explicación siempre extrema y en todos los casos tramposa. Así establecemos de manera incorrecta una correlación fuerte entre los hechos que recordamos más extraordinarios de lo que son y algo a lo que, parece que por casualidad, atribuimos una fuerza imprescindible y que nos acompañará durante más tiempo del necesario.

Pero…, atención! Este es el mismo proceso que se produce en la superstición, la hipnosis y, ojo, también en los timos.

Amig@s, a disfrutar!

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