El problema de la vela

El experimento del “problema de la vela” fue diseñado en 1945 por el psicólogo Karl Duncker y en la actualidad se utiliza en muchos experimentos de la ciencia del comportamiento.

Si no lo conocéis, os cuento como funciona.

A un grupo les entregamos una vela, algunas tachuelas en una caja y algunos fósforos con la siguiente misión: “El objetivo es fijar la vela encendida a la pared, de manera que la cera no gotee sobre la mesa”. Adelante!

Existen varias opciones dentro de los planteamientos posibles pero solo una funciona. Después de varios minutos, la mayoría de las personas encuentran la solución:

La clave es superar lo que se llama “Fijación funcional” ya que normalmente miramos la caja y sólo vemos el recipiente útil para contener las tachuelas, pero no vemos al posible contenedor de la vela.

Bien, pues Sam Glucksberg, doctor y profesor de psicología en la Universidad de Princeton en Estados Unidos utilizó este experimento para analizar el poder de los incentivos en las personas. A los participantes del ensayo les informó de que iba a tomar el tiempo que tardaran en resolver el “problema de la vela”, y a un segundo grupo les ofreció que a los que estén dentro del 25% de los tiempos más rápidos en resolverlo se ganarían cinco dólares y al más rápido de todos 20 dólares.

Resultado: en promedio, tardaron tres minutos y medio más los del grupo que tuvieron un incentivo económico. Y el resultado siempre da parámetros similares durante los años y años que se ha ido repitiendo.

Seguro que eres de los piensas que si quieres que las personas rindan más lo mejor es recompensarlas, ¿no? Con premios, pagas, lo que llamamos incentivos en definitiva. Pues no. Un incentivo que está diseñado para agudizar el ingenio hace justo lo contrario: entorpece el pensamiento y bloquea la creatividad.

El motivo es que los motivadores condicionales (la zanahoria o el palo) funcionan, pero en algunas circunstancias. Para muchas tareas no funcionan o, a menudo, incluso hacen daño. Este es uno de los hallazgos más interesantes de la ciencia motivacional; pero también es uno de los más ignorados.

Veamos como continúan los estudios. Cuando Glucksberg vio esto hizo otro experimento similar pero con un leve cambio: Diseño el problema de la vela para tontos, eliminó la caja de los objetos presentados. Esta vez, los incentivados ganaron con facilidad.

Si eliminas la dificultad, “la fijación funcional” la solución se ve casi obvia y entonces sí, las recompensas funcionan muy bien para este tipo de tareas que son simples, con un destino fácil de ver.

Las recompensas, por si mismas estrechan nuestro foco y concentran el pensamiento. Por eso funcionan en donde vemos la meta cerca, pero para el problema de la vela del inicio, en que la solución no está servida y se encuentra en la periferia del pensamiento, la recompensa restringe las posibilidades.

En donde los trabajadores hacen menos trabajos mecánicos, y más trabajos intelectuales los incentivos son perjudiciales, mientras que el trabajo rutinario, el trabajo del lado izquierdo del cerebro si puede ser incentivado. Pero incentivar el lado derecho del cerebro no funciona, para los “problemas de la vela” de cualquier tipo, ya sea en empresa o en casa, las recompensas condicionales, que son las bases de zanahoria o palo sobre las que construimos muchos de nuestros estímulos, no son útiles y entorpecen la consecución del objetivo.

Dan Ariely, un gran economista, se planteó: Veamos si hay algún prejuicio cultural local. Y trasladó el estudio a Madurai, en la India donde la misma recompensa tiene un valor comparativamente mucho mayor. Y qué ocurrió? Esta vez, las personas que recibieron la recompensa… fueron las peores de todas. Los incentivos más altos llevaron al peor desempeño.

Existe una gran discordancia entre lo que la ciencia dice y lo que los padres y las empresas hacen. Y esto se hace aún más evidente y significativo cuando estamos en medio de un colapso económico. Necesitamos una nueva perspectiva.

Hacer las cosas porque realmente importan, porque nos gustan, porque se nos producen bien, porque comprendemos su valor. Ese es para mí, el nuevo sistema operativo para instalar en nuestras cabezas. Demos autonomía a los que nos rodean, que tengan un propósito firme de ser mejores o de ser los mejores, desarrollemos la iniciativa y…

A disfrutar!

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