De perdidos al río

 

Mushin No ShinEn los años 70 del siglo pasado los científicos Kahneman y Tversky descubrieron lo que dieron en llamar “aversión a la pérdida”. Es sus análisis advirtieron que si a un sujeto se le proponía en un juego de azar la opción de tirar una moneda al aire y si no acertaba obtenía una pérdida de una cantidad de dinero, el individuo en cuestión exigía para jugar una cantidad mayor por ganar. El sentimiento de pérdida era aproximadamente el doble de fuerte que el del placer de ganar.

En definitiva descubrieron un defecto en los procesos de la biología mental y concluyeron que en las decisiones humanas las pérdidas conllevan más poder que los beneficios.

Y si no, veamos este planteamiento realizado por Allais en 1953, por cierto el año de mi nacimiento, a un grupo de médicos de un determinado territorio:

En una epidemia local de un germen agresivo recién mutado y poco conocido se han estudiado las probabilidades de éxito del uso de dos tipos de tratamiento. Si se usara la propuesta A se piensa que se podrán salvar un tercio de los afectados, mientras que si se utilizan la opción B hay la probabilidad de 1/3 de que se salven todos y de 2/3 de que no se salve nadie.

La respuesta prudente y más segura fue elegida por más de 70% de los médicos ya que preferían salvar al menos a doscientas personas que arriesgarse a perderlas a todas.

Pero que ocurre si formulamos la pregunta de otra manera:

En una epidemia local de un germen agresivo recién mutado y poco conocido se han estudiado las probabilidades de éxito del uso de dos tipos de tratamiento. Si se usara la propuesta A se piensa que se podrían dos tercios de los afectados, mientras que si se utilizan la opción B hay la probabilidad de 1/3 de que no muera nadie y de 2/3 de que mueran todos los afectados.

Cuando el relato se hacía en términos de pérdidas de vidas y no en el de supervivientes, estaban tan resueltos a evitar cualquier opción de pérdida de vidas humanas que los procesos de elección del tratamiento médico se invertían y casi el 80% prefirió la opción B en la que se rechazaba un beneficio garantizado y se abrazaba la opción más cuestionable y arriesgada.

Pensemos. Incluso los más expertos pueden y suelen caer pues son vulnerables a estos análisis irracionales. El deseo de evitar algo que nos “suena a pérdidas” no nos permite pensar con claridad, engaña a nuestro cerebro por lo que nos puede llevar a tomar pautas de conducta equivocadas.

A disfrutar, amig@s!

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