Mi gran obra dadaísta

Hoy propongo al lector de este blog la lectura de un relato, basado en una experiencia personal, que bien podría mostrar cómo una vanguardia artística como el dadaísmo, cuya característica primordial es la oposición al concepto de razón, en el fondo no es sino un reflejo de la realidad. Una realidad, incluso, cotidiana.
Ahí va el relato y que tiemble TristanTzara:

Había aparcado mal, eso es cierto, en las inmediaciones del Santiago Bernabéu. No descaradamente mal, porque era sábado por la noche y la zona estaba atestada de vehículos que se hacinaban hasta en las aceras, pero sí lo suficientemente como para que un martes por la mañana me hubieran puesto una multa comprensible. Corría el año 2007 y, por aquel entonces, alrededor de la manzana del coliseo blanco se desarrollaban algunas de las fiestas más despampanantes de Madrid. Esa noche me había acercado hasta allí con mi modesto Ford K y había llevado conmigo a un par de amigos a la presentación de un nuevo pub. (Conviene apuntar, para la correcta comprensión de este relato que, en aquellos tiempos, cogía tan a menudo mi coche que hasta le saludaba antes de abrir la puerta del conductor, como en una versión riojana de Michael Knight, acariciándole el salpicadero cuando arrancaba entre griposo y enfurecido por haberle despertado de su siesta mecánica… “Tsss… Tranquilo, pequeño, ya está aquí el tío Luis”, le solía susurrar con una complicidad casi sexual). El caso es que dejamos a el Ford en una esquina de Cocha Espina con Santo Domingo de Silos en la que no molestaba y entramos en el local con la fiereza guerrillera de unos modernos Tercios de Flandes… A determinadas edades, parece que el mundo está pensado para ti.
Tres cuartos de hora más tarde, viendo que la fiesta era un concurso de postureo carnavalesco y que en dicha inauguración había confluido el pijismo más alucinógeno de la capital, decidimos cambiar de garito y acudir a los bares de siempre, que los experimentos han de hacerse con gaseosa. Y, así, cuando nos acercábamos hacia mi coche, caminando a escasos metros de la esquina de Cocha Espina dónde se hallaba aparcado, contemplamos una de las escenas más sobrecogedoras que un servidor haya presenciado jamás: mi Ford K estaba calcinado.

No quedaban ni los restos. Los neumáticos estaban derretidos, el parabrisas había estallado en un millar de cristales esparcidos por la calzada, el motor era ceniza mezclada con mugre y la carrocería del vehículo se asemejaba a una montaña de hollín. Mis amigos comenzaron a dar vueltas alrededor del turismo cadáver, a la vez estupefactos y emocionados, y se hacían fotos y las colgaban en Facebook mientras yo juraba en arameo, pateaba papeleras y llamaba a la Policía al borde de un ataque de nervios. Cuando por fin logré hablar con un agente, le narré el suceso como buenamente pude y, despachándome como a un desgraciado de la mejor antología hispánica, el madero me recomendó que pusiera una denuncia al día siguiente y que lo dejara todo en manos de la Ley. Y, entonces, allí mismo, furioso y desolado, confundido e impotente, viendo que nadie me ofrecía una explicación lógica para mi desdicha, visiblemente traumatizado por los acontecimientos y penado por haber perdido a mi fiel compañero de autopista, tomé una de esas decisiones que marcan el carácter de un hombre que se viste por los pies: irme de copas.

Al día siguiente, con una resaca moderada y un solemne cabreo, mi auto carbonizado y yo éramos el espectáculo más dicharachero del Bernabéu y, acordonados ambos en la esquina de Concha Espina, protagonizábamos el pasatiempo preferido de 80.000 espectadores que estaban a punto de entrar a ver un Real Madrid-Osasuna y que nos señalaban, se carcajeaban y nos grababan en el móvil con crueldad marujil. Hubo un graciosillo que hasta me pidió fuego para encenderse el pitillo. Había perdido toda la mañana en la comisaría y, ya por la tarde, aquel circo de bárbaros cerveceros, mercaderes ambulantes, improvisados trompetistas, adolescentes hormonados y agentes a caballo que se abarrotaban alrededor del estadio hizo imposible que la Policía se encargara de mi auto, o al menos eso me argumentó, dilatando aquella estampa apocalíptica otro día más. Un agente se me acercó justo cuando ya abandonaba el lugar y me dijo: “Le confirmo que su coche fue quemado en una gresca que hubo anoche entre los Ultra Sur y los IndarGorri. Coincide la hora en que lo aparcó aquí… mal, por cierto. Se trata de un caso claro de inseguridad ciudadana ocasionada por actos vandálicos. Denúncielo mañana en el Ayuntamiento y todo se solucionará en un pis pás”. Y fue escuchar esta última frase y sentir como un escalofrío recorría mi cuerpo entero.

El lunes comenzó el espectáculo del sistema democrático español, como no podía ser de otra manera. Tras pasarme toda la madrugada conteniéndome para no correr hasta Pamplona a quemar el estadio El Sadar (los IndarGorri habían abrasado mi coche, estaba convencido, al percatarse de que la matrícula era de Logroño), respiré profundamente cuando despuntó el alba y me enfrenté al primer asalto: llamar al seguro. Se me puso al aparato el clásico robot impertinente y, después de marearme un cuarto de hora en el que me fumé medio paquete de tabaco, me atendió una chica de voz muy simpática que se limitó a decirme: “Lo siento, señor Labarga, pero su seguro es a terceros y sólo recogeremos su coche con la grúa cuando haya conseguido un desguace que lo acoja en sus instalaciones”. “¿Y podría darme el número de algún desguace? Es la primera vez que me queman el coche, señorita, y ando un poco perdido”. “Ese no es asunto mío, señor Labarga. Usted tiene un seguro a terceros y su póliza no cubre esa información”, me replicó como si perteneciera a un club de drogadictos. Me encabroné automáticamente, por supuesto, y le dije que este seguro era un despropósito, que de hecho todos los seguros del mundo eran un despropósito y que, comparando seguros y despropósitos a escala internacional, el suyo era el mayor despropósito como seguro que había alumbrado la Historia de la Humanidad. “Tendremos en cuenta su opinión, señor Labarga. Muchas gracias por su llamada y disfrute del día”.

Me pasé el resto de la jornada colgado al teléfono de la redacción del periódico en el que trabajaba, para mofa general de los compañeros, buscando un puto desguace en los dominios de Alberto Ruíz Gallardón. Para mi sorpresa, todos estaban comprometidísimos con el medio ambiente: “Es una pena lo que le ha sucedido, señor Labarga, pero nuestro protocolo nos insta al reciclaje y su automóvil es la apoteosis del residuo tóxico”. “Tengo ganas de llorar por lo que le han hecho, señor Labarga, pero aquí acostumbramos a almacenar piezas reutilizables y no los escombros de su vehículo putrefacto”. “No podemos darle ese servicio, señor Labarga, pero puedo ofrecerle el teléfono de un concesionario que le venderá otro coche a buen precio y le ayudará psicológicamente en este mazazo”. “Som una empresa de Lleida ubicada a Madrid, señor Labarga, i el seucotxecremat atenta contra la independència de Catalunya”. “¿Qué no le venga con películas New Age, señor Labarga? Pues ande y que se la pique un pollo de Chinchón”… Y, de esta manera, el lunes se esfumó en un despiadado ciclón burocrático mientras mi Ford K chamuscado se convertía en la nueva atracción turística de la ciudad.

El martes me encontraba delante de una mujer espigada, con gafas amenazantes y barbilla escalena en el mostrador de “Reclamaciones” del Ayuntamiento de Madrid. Andábamos odiándonos en silencio mientras la tipa me hacía rellenar denuncias, aportar fotocopias de la documentación del coche, detallar mi situación laboral, personal y espiritual, presentarle el DNI, el carnet de conducir, el seguro médico, las cuentas bancarias, los números de teléfono, mi árbol genealógico y las fotos de mis amantes, cuando, tras volverme definitivamente loco y recopilar la documentación de mala gana, grapó todos los folios en un movimiento como de karateka funcionarial y me conminó a esperar noticias del consistorio durante los seis próximos meses. Ahí ya es cuando me vine abajo del todo y, emocionalmente noqueado, le supliqué que me ayudara a salir de ésta. Le rogué que se pusiera en mi situación, que se compadeciera de un conciudadano, que fuera misericordiosa con mi agonía. Creo que hasta le solté un “piense en sus hijos”. El caso es que la señora, que ya rozaba el orgasmo cuando comprobó que mis ojos se humedecían, tuvo a bien darme la dirección de un departamento de la DGT que se ocupaba de recoger “vehículos contaminantes peligrosamente tóxicos que requieren de un tratamiento medioambiental”. Al fin veía una luz al final del túnel y, aunque tuve el impulso de saltar el mostrador para estamparle un beso en los morros, me corté y me limité a darle unas gracias sentidas. “No hay de qué, señor Labarga, pero la próxima vez haga el favor de estacionar correctamente su turismo”.

Había montado en un taxi en dirección al norte de La Castellana dónde se ubicaba esta oficina especial de la DGT, cuando recibí una llamada de la Policía. Por un momento creí estar salvado, pero bastaron dos minutos de conversación con el agente para percatarme de que la realidad era bien distinta. El mensaje del Cuerpo Nacional, en el estricto cumplimiento de su deber para con el Orden y la Ley, era cristalino: “O se lleva su mierda de coche de la calle o empezaremos a multarle con 120 euros diarios a partir de este momento”. Se me ocurrió preguntarle, en un ataque de inocencia, si habían cogido a los pirómanos, o al menos lo habían intentado, pero el madero, tomándoselo como una provocación intolerable, me gritó que Madrid no era mi basurero particular y que, encima de que había aparcado mal mi coche, evadiéndome de pagar la zona azul, todavía me quedaba tiempo para hacerme el gracioso. “120 euros a partir de ya”, concluyó con regia autoridad.

Subí dando zancadas por los escalones del edificio en el que se encontraba la oficina de la DGT y cuando entré en la salita, huracanado y furibundo, me topé con una cuarentona de rostro enfurecido y apergaminado por una infinidad de arrugas gruesas que lucía una melena tan roja como la piel bronceada del mismísimo Satanás. “Estoy cerrando”, me soltó sin dejarme ni abrir la boca. Yo le respondí que eran las doce de la mañana y que no podía ser. Ella replicó que vaya sí podía ser. Le dije que no me parecía profesional y ella me contestó que si acaso la atacaba por ser mujer. Le aseguré que no tenía nada que ver con eso y entonces ella me llamó fascista. Me arrodillé y le conté mi historia, agarrándola por los tobillos. La cuarentona se fumó un cigarrillo mientras yo vomitaba mi relato dadaísta y, cuando terminé, dejando caer la ceniza sobre la moqueta, sentenció cual bruja Avería: “No vengas ahora a llorarme después de contaminar la ciudad durante años, mocete. Si aparcaste incorrectamente tu coche cuando fuiste a ver esa basura violenta del fútbol con tus amigos machistas no es mi problema. Ahora te esperas a mañana a las diez, que es cuando se abre esta oficina, como cualquier otro ciudadano. Y espero que no vuelvas a aparecer con esos aires neo-liberales y violentos, que hace ya muchos años que no le permito a ningún mono seminal que se atreva a levantarme la voz”.

El miércoles se convirtió en una pesadilla de papeleos y tramitaciones a 120 euros la jornada. La cuarentona ajada gestionó en una dura mañana el traslado de mi coche a un desguace preparado para el reto medioambiental y el propio desguace me citó el jueves a primera hora después de pedirme un perfil completo de mi personalidad, preguntarme sobre cuál era mi “motivación” para utilizar sus servicios (alegué compromiso con la Naturaleza, sumido ya en la más absoluta desesperación) y cobrarme 50 euros por la gestión. Y, cuando por fin el jueves la chica simpática de mi seguro me mandó una grúa (“¿Ves cómo todo se iba a solucionar?”, me soltó la muy zorra) y me acercaba con el operario a la esquina de Concha Espina en la que mi ex Ford K comparecía entre flashes de curiosos como una defenestrada estrella de rock, vi la cosa más profética y siniestra que jamás haya contemplado en mis 32 años de vida: el coche estaba multado por mal estacionamiento.

Calcinado, cochambroso, reducido a cenizas… y multado. Así lo atestiguaba, entre lo ennegrecido de la carrocería derretida, un papelito blanco, blanquísimo, casi inmaculado, que era agitado suavemente por el viento y que indicaba la sanción que estipula el código municipal de tráfico para los vehículos mal estacionados.
Y entonces lo entendí todo y supe que no había solución. Asumí en ese preciso instante que el sistema estaba tan podrido, tan adulterado, tan desfasado, que ya no existía salida posible y que no existiría nunca a no ser que se diera una brutal catarsis nacional. Vislumbré que, hiciera lo que hiciera, nada tenía ni pies ni cabeza y todo atentaba contra la razón.

coche-calcinado-2¿O no? ¿O tal vez todo esto era consecuencia de la aplicación estricta de fundamentos racionales en un sistema que no tenía sentido? Fuera como fuera, mirando fijamente aquel destrozo de vehículo multado en arreglo a la Ley, me pareció estar delante de una obra conceptual que ni el mismísimo Marcel Duchamp hubiera parido aún con su brillante cabeza. Así que saqué el móvil y disparé fotos como un loco, sabedor de que legaba al mundo mi gran obra dadaísta.

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